Trabajamos con clientes que quieren mejorar sus sistemas, sus procesos, la manera en que funcionan. No todos los proyectos van exactamente como se habían planteado. Y la mayoría de ellos lo saben.

Lo que diferencia los buenos proyectos de los mediocres no es que no haya errores. Es cómo se gestionan.

Hay un tipo de error que cuesta especialmente reconocer: el diagnóstico equivocado. Cuando el problema que pensabas resolver no era el problema real. Cuando la automatización que habías diseñado resolvía un síntoma pero dejaba intacta la causa.

En nuestro caso, nos ha pasado. Hemos entrado convencidos de una cosa y hemos salido entendiendo otra. Y cada vez que ha ocurrido, el proyecto ha terminado mejor de lo que habría sido si hubiéramos ido directos a ejecutar sin cuestionar.

Porque el error de diagnóstico, cuando se detecta a tiempo, es el que abre la puerta a la solución correcta.

La pregunta que nos hacemos internamente cada vez que detectamos una desviación es: «¿Nos equivocábamos en el diagnóstico, o en la ejecución?» No es lo mismo. Lo primero significa que el contexto era diferente de lo que parecía. Lo segundo significa que el plan estaba bien pero la implementación falló.

Compartir el error con el cliente es incómodo. Y necesario. Porque la confianza no se construye en los momentos en que todo va bien. Se construye en los momentos en que algo falla y la otra persona te ve gestionarlo con honestidad.

El error que te hace mejor no es el que escondes. Es el que, en un momento de madurez, decides convertir en aprendizaje compartido.

Cuando el cliente no sabe lo que quiere hasta que lo ve · Por qué no trabajamos para todos · Cuándo es demasiado pronto para automatizar